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Divulgar bien: el arte de ser claro sin perder profundidad

Divulgar conocimientos es encontrar la puerta de entrada correcta al cerebro de tu lector. Ni más ni menos.

Divulgar bien: el arte de ser claro sin perder profundidad

Hay una trampa en la que caen muchos autores de textos de divulgación cuando intentan llegar a un público amplio: confunden accesibilidad con simplificación. Y entonces aclaran tanto que vacían o mantienen tanto el rigor científico que pierden al lector en el segundo párrafo.

El equilibrio entre profundidad y accesibilidad tiene que ver con la confianza en el lector y en el propio conocimiento. No vas a bajar de nivel por elegir aclarar conceptos con palabras más sencillas de comprender, tranqui. En mentorías escucho frecuentemente la frase "no quiero perder rigor académico, científico... lo quiero mantener". Ok, se puede, pero no perdamos a tu lector ideal. La idea es que comprenda  lo que le querés decir. 

Divulgar conocimientos es encontrar la puerta de entrada correcta al cerebro de tu lector. Ni más ni menos, eh.

Te comparto tres herramientas concretas para lograrlo:

La analogía precisa. Una buena analogía ilumina el concepto desde otro ángulo. La diferencia entre una analogía que funciona y una que no está en la precisión: tiene que capturar la estructura del fenómeno, no quedarse solo en la apariencia. Si la metáfora distorsiona para facilitar, está mintiendo, sin embargo, si encuadra para revelar, está haciendo su trabajo.

El ejemplo antes que la definición. En textos de divulgación, mostrar antes de nombrar casi siempre funciona mejor. El lector que ya vio el fenómeno en acción recibe la definición como una confirmación. Así nos aseguramos de que no lo ve como obstáculo. Tené en cuenta que si definís primero obligás al lector a sostener un concepto abstracto en el aire hasta que llegue algo concreto que lo sostenga, que baje a tierra como digo siempre. 

La pregunta como estructura. Los mejores libros de divulgación se alejan de las explicaciones agotadoras, investigan junto al lector. Plantean una pregunta genuina al principio de cada sección y la desarrollan como si la respuesta todavía estuviera abriéndose. Eso mantiene al lector activo, no pasivo. Mucho más sencillo de pensar tu texto así, ¿no?

El rigor no se contrapone con la claridad, está reñido con la vaguedad (¿te acordás de mis posteos de los verbos vagos?). Un texto puede ser profundo y legible al mismo tiempo; lo que no puede ser es impreciso y llamar a eso complejidad.

Desde tu biblioteca

Buscá un libro de divulgación que te haya enseñado algo sin que sintieras que te estaban explicando de más. Releé el primer capítulo y fijate cuándo aparece la primera definición técnica. Casi siempre llega tarde, después de que el lector ya está adentro. 

La pregunta del escritor

¿Cómo sé si estoy simplificando demasiado o siendo demasiado técnico?

Dáselo a leer a alguien que esté justo en el límite de tu público: alguien que te parezca que puede ser tu lector ideal y que no conoce el tema. Si en algún momento dice "no entendí esto", marcalo. Si en algún momento dice "esto ya lo sabía, podrías saltearlo", marcá eso también. Esos dos tipos de marca son tu mapa de revisión.

Esta semana, tomá un párrafo de tu texto donde explicás algo complejo. Reescribilo empezando por un ejemplo concreto, sin usar el término técnico hasta el final. Fijate si el concepto llega más limpio.

Si sos psicóloga, nutricionista, abogada o de alguna rama de la salud y querés compartir tus saberes, las mentorías 1 a 1 te van a servir para sortear dudas y tener acompañamiento mientras escribís tu texto de divulgación. Contactame, estoy a un mensaje de distancia.

Dámaris Pettersson

Editora y correctora literaria




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